06/03/2026 Opinió
La salud mental
Francisco Cuevas López

Hay hospitales que brillan por fuera y consultas que se sostienen con alfileres por dentro. Si hablamos de salud mental en el sistema público, hablamos –todavía– del patito feo. Pocas manos, poco tiempo, pocos recursos… y demasiadas personas esperando.
La depresión no hace ruido, pero pesa. La ansiedad no sangra, pero paraliza. La tristeza prolongada no siempre se ve, pero erosiona. Y la soledad, esa epidemia silenciosa, se sienta cada día en miles de casas sin que nadie la registre en estadísticas urgentes.
Mientras tanto, las listas de espera crecen y la respuesta más rápida –muchas veces la única posible– es una receta. Antidepresivos. Ansiolíticos. Más y más. Medicación necesaria en muchos casos, sí. Pero cuando el fármaco sustituye al tiempo, a la escucha y al acompañamiento, algo estamos haciendo mal como sociedad.
No es una crítica a los profesionales. Al contrario. Es un reconocimiento.
Psiquiatras, psicólogos, médicos de familia, enfermería… trabajan bajo presión constante, sosteniendo historias duras con agendas imposibles. Hacen lo que pueden con lo que tienen. Y muchas veces lo hacen con una vocación y una humanidad que no caben en un presupuesto.
La salud mental no puede seguir siendo la última línea del presupuesto ni el primer recorte cuando vienen mal dadas. No es un lujo. No es una moda. No es fragilidad generacional. Es salud. Y sin salud mental, no hay proyecto vital, ni empleo, ni familia, ni comunidad que se sostenga.
Quizá ha llegado el momento de dejar de mirar hacia otro lado. De invertir de verdad. De priorizar la prevención. De reforzar la atención primaria. De entender que escuchar a tiempo ahorra sufrimiento después. Que acompañar reduce recaídas. Que cuidar también es rentable, aunque no siempre salga en titulares.

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